El 1 de julio de 2026, en pleno Mundial que Estados Unidos co-organiza con México y Canadá, el delantero Folarin Balogun recibió una tarjeta roja ante Bosnia y Herzegovina por pisar el tobillo de un defensor rival. Una expulsión limpia, automática, de esas que no generan debate en la mesa de análisis ni en los grupos de WhatsApp: el VAR la revisó, el árbitro fue al monitor, y la mostró. Nadie protestó demasiado en el momento. Eso sí, había un problema que el reglamento no contempla: Balogun era el goleador del equipo anfitrión, y al día siguiente sonó el teléfono de Gianni Infantino.
Al otro lado estaba Donald Trump. El propio presidente lo confirmó desde el Despacho Oval con una tranquilidad desconcertante, como quien cuenta que llamó a un amigo para pedirle un favor: "Ni siquiera fue una falta", dijo, y agregó que lo único que hizo fue "pedir una revisión". No hubo disimulo, no hubo canales diplomáticos silenciosos ni comunicados ambiguos. Trump llamó, explicó su postura, y la maquinaria de la FIFA se puso en movimiento. Al día siguiente, el organismo anunció que suspendía el partido de sanción a Balogun invocando el Artículo 27 de su Código Disciplinario, un resquicio que permite aplazar la aplicación de una sanción bajo "período de prueba". El Mundial anfitrión conservaba a su goleador estrella. Las reglas, en cambio, quedaron esperando en el pasillo.
Un terremoto en el terreno de juego
Lo que vino después fue un terremoto. La UEFA no tardó ni veinticuatro horas en reaccionar con un comunicado que, para los estándares diplomáticos del fútbol europeo, sonó casi como una declaración de guerra: "La decisión cruzó una línea roja. Cuando quienes deben velar por las reglas ya no lo garantizan, la integridad del juego se ve comprometida y la credibilidad de la competición se ve socavada." Bélgica, el rival de turno, apeló indignada. Alemania, Suiza y Brasil pidieron explicaciones. El árbitro del partido —brasileño— tuvo que salir a defender públicamente su honor después de que Trump lo llamara "horrible" y "muy sospechoso". Y el entrenador belga Rudi Garcia lo resumió con una sola frase, mezcla de sarcasmo y hartazgo: "No sabía que en el Mundial el 5 de julio era el 1 de abril."
Pero sería muy cómodo presentar esto como un accidente, como si la política hubiera entrado al fútbol por primera vez a través de una llamada presidencial en 2026. La realidad es que lleva décadas sentada en el palco de honor de los estadios, a veces aplaudiendo, a veces dictando el resultado. Basta recordar lo que pasó en febrero de 2022, cuando Rusia invadió Ucrania: en apenas cuatro días, la FIFA y la UEFA emitieron un comunicado conjunto suspendiendo a todas las selecciones y clubes rusos de sus competiciones, dejando a Rusia fuera del Mundial de Qatar antes de que el polvo de la invasión terminara de asentarse. La velocidad fue sin precedentes, y no fue casualidad: Polonia y Suecia se negaron directamente a jugar contra Rusia, y esa presión colectiva de las federaciones europeas empujó a Infantino a actuar en tiempo récord. El fútbol tomó partido porque la política lo pidió, y el contexto geopolítico lo permitía.
El doble rasero de la neutralidad
El problema — y aquí es donde la historia se vuelve más incómoda — es que esa misma FIFA que actuó tan rápido ante la invasión a Ucrania ha mirado para otro lado en conflictos igualmente graves. Mientras Rusia lleva cuatro años sin poder jugar un partido oficial, el organismo ha evitado tomar medidas similares en otros escenarios de violencia, argumentando con notable comodidad que "la FIFA no puede resolver problemas geopolíticos" y que su misión es "unir a las personas". Es el mismo argumento que en 2022 no sirvió de nada, y que en otros contextos funciona de maravilla. Eso no es imparcialidad, es una elección política disfrazada de neutralidad institucional, y la diferencia entre un caso y otro no está en los principios, sino en quién ejerce la presión y desde dónde.
Y en ese punto es imposible no mirar la relación entre Trump e Infantino, que desde hace tiempo se veía demasiado cómoda para el gusto de muchos. En diciembre pasado, durante el sorteo del Mundial, la FIFA le entregó a Trump el inaugural "Premio FIFA a la Paz", un gesto que en su momento generó cejas levantadas y ahora, a la luz de los hechos, parece parte de un guión más largo. La lógica de esa relación es de mutua conveniencia perfectamente calculada: Trump necesita el espectáculo del Mundial para alimentar su narrativa de grandeza nacional, Infantino necesita la buena voluntad del país anfitrión para que todo funcione sin turbulencias. En ese ecosistema de favores tácitos, una llamada presidencial tiene el poder de mover una sanción deportiva porque ambas partes salen ganando, aunque el fútbol salga perdiendo. El especialista en geopolítica del deporte Simon Chadwick lo resumió con precisión quirúrgica: el caso Balogun es "perfectamente coherente con la mentalidad trumpista", que consiste en reemplazar las reglas por acuerdos fundados en relaciones de poder.
La política siempre juega de local
Hay algo profundamente revelador en poner los dos casos uno al lado del otro y mirarlos sin apuro. Cuando la política quiso excluir a Rusia, la FIFA recordó de pronto que el deporte tiene valores y que no puede quedarse neutral. Cuando la política quiso incluir a Balogun, la FIFA recordó que su reglamento tiene artículos con márgenes de interpretación. En ambas situaciones, la decisión ya estaba tomada antes de que alguien abriera formalmente el Código Disciplinario. Lo que varía no es el principio rector, sino quién hace la llamada, desde dónde la hace, y cuánto le conviene al organismo atenderla. La cancha no es un espacio apolítico, y nunca lo ha sido, solo que antes al menos lo disimulaban con más elegancia.
Lo que queda después del ruido, de las declaraciones encendidas y los comunicados indignados, es una pregunta que el fútbol mundial va a tener que responder antes de que este Mundial termine, y que no se va a ir sola: ¿puede un organismo como la FIFA seguir reclamando autoridad moral sobre el deporte cuando sus decisiones más importantes parecen depender de quién tiene el número de Infantino guardado en el teléfono? Por ahora, Balogun jugó. El reglamento esperó. Y en algún lugar del mundo, un jugador sancionado sin padrinos presidenciales cumplió su suspensión en silencio, sin que nadie lo llamara, sin que nadie le explicara por qué las reglas no son iguales para todos.