Hoy, mientras en buena parte del mundo celebramos el Día de la Tierra y reflexionamos sobre cómo salvar nuestro planeta, basta con prender las noticias cinco minutos para preguntarnos si, con la forma en que nos estamos tratando, no terminaremos volando en pedazos mucho antes. En el centro de esa incertidumbre global que existe hoy en día hay un nombre que se repite con terror: IRÁN.
Llevamos años, décadas incluso, escuchando el mismo discurso, cada vez que Washington, Tel Aviv o las capitales europeas emiten declaraciones sobre Teherán, el tono es inconfundible. Porque nos hablan de un rival geopolítico, no nos hablan de una nación con intereses contrapuestos, en sus discursos nos hablan de un monstruo. La narrativa occidental, impulsada fuertemente por Estados Unidos e Israel, ha logrado instalar una idea muy particular en la conciencia ciudadana: la premisa de que Irán no es solo un Estado enemigo, sino un Estado irracional e ilegítimo.
Quiero detenerme aquí, porque esta es una trampa mental gigantesca y muy peligrosa.
La narrativa del villano
Seamos honestos, nadie aquí está intentando santificar al régimen de los ayatolás. Estamos hablando de una teocracia autoritaria que reprime a sus mujeres, silencia a su disidencia y financia milicias en todo el Medio Oriente. Eso es un hecho. Pero hay una diferencia abismal entre ser un régimen autoritario y ser un "loco suelto" con un botón rojo que es considerado “INHUMANO”.
Cuando los líderes occidentales y sus analistas tildan a Irán de "irracional", nos están vendiendo el guion de una película de Marvel, donde Irán claramente es el “malo” a vencer. Reducen a una nación con miles de años de historia, con una diplomacia hipercompleja y una red de alianzas estratégicas calculadas al milímetro, a la caricatura de un villano que solo quiere ver el mundo arder por pura maldad.
Realpolitik pura y dura
¿Por qué lo hacen? Porque la etiqueta de "irracional" es profundamente conveniente para los intereses de occidente.
Si tú admites que tu adversario es racional, asumes que tiene intereses, miedos y objetivos lógicos y por el contraste, si tiene intereses, por más que los detestes, puedes sentarte a negociar, porque la racionalidad exige diplomacia. En cambio, si tu enemigo es un fanático irracional e ilegítimo, la diplomacia es inútil. ¿Cómo negocias con la locura? No se puede, porque según ellos, la locura solo se destruye.
Ese es el peligro del discurso que sostienen Estados Unidos e Israel, al deslegitimar la condición de Estado racional de Irán, justifican la escalada perpetua. Justifican que cualquier acción preventiva, cualquier sanción asfixiante que condena a la miseria al pueblo iraní de a pie, sea vista como una medida necesaria para "contener a la bestia".
Pero los hechos en el tablero de ajedrez muestran otra cosa, Irán juega sus fichas con una frialdad matemática, en base a que su búsqueda de disuasión, su tejido de influencia regional (el llamado "Eje de la Resistencia"), e incluso sus respuestas militares, están milimétricamente calibradas para asegurar la supervivencia de su régimen sin cruzar la línea de una guerra total y directa que saben que perderían. Eso no es irracionalidad; es realpolitik pura y dura, dicho en palabras básicas, es sobrevivencia estatal en su máxima expresión.
Un baño de realidad
Hoy, 22 de abril, con la tensión global que se corta con tijera, ya es hora de que soltemos este cuento de buenos contra malos. A ver, nadie le está pidiendo a Occidente que invite a los líderes iraníes a tomar un café ni que le perdonen sus abusos, para nada. Lo único que urge, de verdad, es un baño de realidad. Necesitamos que los vuelvan a mirar como lo que realmente son, tipos de carne y hueso haciendo cálculos políticos, tomando decisiones frías para asegurar que su país no desaparezca ante la amenaza occidental.
Mientras en Washington y compañía sigan con ese cuento de que esto es una guerra santa contra monstruos que no razonan, la mesa de diálogo va a seguir siendo un mueble de adorno. Es triste, pero es la verdad, es mucho más fácil cargar el fusil que admitir que el de enfrente también piensa. Mientras no bajemos el dedo del gatillo moral, las soluciones reales no van a aparecer.