El concepto de "Poder" en las relaciones internacionales ha mutado drásticamente a lo largo del último siglo. El pasado 11 de mayo, en los pasillos de la Universidad Alberto Hurtado y en el marco de la visita de la Seoul National University, los académicos Juan Pablo Vásquez y Wonjung Min nos invitaron a una profunda disección de este fenómeno a través del panel "Soft power y cultura: experiencias comparadas entre Corea y Chile". Más allá de un mero diálogo académico, la instancia reveló una radiografía crítica sobre cómo las naciones logran (o fallan en) proyectar su identidad hacia el exterior.
Para entender esta dinámica, es vital recurrir a la definición de Joseph Nye: el Soft Power (Poder Blando) es la capacidad de los Estados para persuadir, incidir e influir en otros mediante la cultura, los principios y la diplomacia, contraponiéndose al poder duro de la fuerza militar. Sin embargo, analizado desde una lente gramsciana, este poder blando no es más que una herramienta para construir hegemonía: lograr que los valores de una nación se transformen en el sentido común global.
El caso de Chile: El país que esconde su acento
Históricamente, Chile ha operado en el sistema internacional como un actor receptor, carente de una política cultural ofensiva. Un ejemplo claro de nuestra pasividad histórica fue la visita de Walt Disney a Chile en 1944. En plena Segunda Guerra Mundial, esta gira no fue un simple tour artístico, sino una maquinaria de propaganda del Estado norteamericano diseñada para alinear a América Latina con el bando aliado, sembrando las bases de su futura hegemonía.
Cuando Chile ha intentado exportar su imagen (su propio Soft Power), lo ha hecho estrictamente desde la matriz económica y comercial. Hemos vendido al mundo la imagen de un país estable, predecible y con instituciones sólidas. Esto nos convirtió en campeones de los Tratados de Libre Comercio, pero dejó en la sombra nuestra riqueza identitaria.
Corea del Sur: Un complejo entramado cultural
En el extremo opuesto del espectro suele ubicarse a Corea del Sur. Sin embargo, como bien aclara la profesora Min, la idea de que Corea construyó su presencia global "diseñando todo desde arriba" es una tergiversación de la realidad. De hecho, el Estado ni siquiera tuvo influencia institucional en agrupaciones como BTS sino hasta después de que estos ganaran los premios MAMA y se consolidaran como un fenómeno mundial por peso propio.
El Hallyu (la Ola Coreana) no es un producto prefabricado y controlado en su totalidad por burócratas, sino un entramaje sumamente complejo. Es política pública, sí, pero sumado a una industria cultural que siempre ha bebido de la mezcla. Y, sobre todo, no son únicamente las nuevas tecnologías propuestas desde Corea, sino una infraestructura digital que, aunque tiene asidero nacional, descansa mayoritariamente en plataformas globales internacionales.
En este escenario, el éxito no depende solo del contenido o de los fandoms aislados, sino que el verdadero motor es el trabajo de traducción hecho por los propios fans y, lo más importante: las apropiaciones locales en conjunto a la participación afectiva. El mundo no solo consume a Corea; se apropia de ella.
Más allá del éxito y el fracaso: El flujo de la cultura
Llegados a este punto, la comparación entre Chile y Corea en la conclusión de este panel no puede reducirse a una simple cosa de "éxito" y "fracaso". Se abre a una pregunta mucho más compleja e interesante: ¿cómo se construye hoy la presencia cultural de un país en un mundo donde la cultura ya no circula exclusivamente por canales diplomáticos?
Al respecto, si miramos la institucionalidad chilena en el exterior, la profesora Min menciona que la embajada chilena en Corea intenta moverse diligentemente dentro de sus capacidades, estableciendo vínculos a través de la poesía, el cine y otras instancias afines. Sería injusto ser crueles con sus esfuerzos. Sin embargo, debemos ir cerrando la idea de que la cultura funciona como un objeto que un país produce y luego exporta intacto hacia el resto del mundo; funciona como un flujo que circula, cambia, se mezcla, se discute y se vuelve propia en otras partes del globo.
Por eso, el reconocimiento reciente de Chile como un referente mundial hiphopero funciona y tiene sentido. Porque aunque los Estados importan en este proceso de diplomacia y exportación, al final del día, no son tan importantes cuando se trata del desarrollo de una escena vibrante y genuina.
El verdadero desafío chileno
Para Chile, la misión de hoy no es intentar copiar lo que ha hecho Corea. Con la imagen diplomática que manejamos y dadas las características de nuestras nuevas administraciones, es básicamente imposible que ocurra. Tampoco se trata de fabricar artificialmente una nueva identidad cultural para venderla al mundo, porque estas son dinámicas que, como mencionaron los académicos, se generan de forma completamente orgánica.
Esto nos pone frente al inmenso desafío de reconocer lo que ya se tiene como país: el hip-hop, la música urbana, nuestro acento, la animación, la literatura, el humor, la memoria y las nuevas culturas. Todas ellas son formas potentes de presencia cultural. Chile no necesita inventar una cultura exportable prefabricada, como si la identidad pudiera diseñarse desde una oficina o colocarle una norma; necesita dejar de esconder la cultura que ya tiene.
En el mundo actual, la diplomacia cultural no consiste solo en mostrar quiénes somos, sino en construir las condiciones para que otros puedan encontrarse, dialogar, apropiarse y transformar lo que somos y seremos. Ahí es donde el Soft Power deja de ser solo "poder blando" y comienza a convertirse en un flujo cultural compartido, logrando materializar esta valiosa reversión propuesta por los autores mencionados en la cátedra.